Por: Raúl Vélez A.
Gracias a mis profesores, don Emilio y don Enrique, aprendí a dibujar los mapas de mi departamento de Antioquia y de mi país, Colombia. Ellos decían que estos mapas estaban recortados, como queriendo decir que la grandeza de otros tiempos se había perdido, pero que había cierta garantía de que el territorio, con esos nuevos linderos, se mantendría sin modificaciones.
Al territorio de Antioquia le quitaron un buen pedazo para crear otros departamentos, así como a la Gran Colombia, que la dividieron para formar otros países. En general, este país no ha sido bueno para las matemáticas; es experto en verborrea. La operación de dividir, en cambio, la aprendimos muy bien. Es una lección que viene desde los orígenes de la nación, marcada por la llegada de los conquistadores europeos.
Desde entonces, dividimos ciudades, departamentos, barrios, familias, empresas y afectos. Aquí no es fácil pensar en términos de unión porque la tendencia es a observar las diferencias, a criticar y a ver enemigos.
Ni Bolívar nos pudo unir; incluso en su famosa frase al morir, donde pedía que su partida contribuyera a la unión, se percibía el eco de esa frustración: él mismo se fue al sepulcro con la preocupación de que la división era el destino de su obra. Pues se tuvo que ir para el más allá con las mismas angustias, porque ni entonces ni ahora hemos tenido paz.
Nunca imaginé que sobre esos mapas, enseñados con entusiasmo por mis profesores de Envigado, había tanto conflicto, tantas muertes y tantos odios. Ellos nos enseñaban a dibujar los ríos, las montañas, las carreteras, las vías férreas, y hablaban de unos héroes que nos dieron dizque la libertad.
Pero la tragedia no se observaba en los mapas; eran tan bonitos. Aunque allí estaban los muertos, escondidos en la maleza, atrapados en alguna curva del río, perdidos en la memoria porque ya son muchos. Y también están los grupos al margen de la ley, inspirando miedo y creando nuevos mapas de control territorial.
Hoy, al mirar esos mismos mapas, ya no veo solo divisiones administrativas; veo el mapa de una deuda pendiente con nuestra propia historia.
