A diferencia del desencanto democrático que se da cuando se desconfía de los partidos, de su clase política, cuando el ciudadano considera que votar no repercute en sus intereses, en sus proyectos de vida, cosa diferente cuando la participación electoral es elevada, con una confianza en la política, de quienes la ejercen, con la clara percepción que la puja política revierte en el interés general de las gentes, con verdaderos debates de ideas y tesis programáticas.
Como quisiéramos que el presente proceso electoral se realice con altura, sin léxico demagógico, populista y engañoso propio de cierta dirigencia y paracaidistas de último momento, que se respete lo que se ha denominado la democracia de opinión, sin interferencia alguna, sin la consabida manipulación de la propaganda de algunos medios tratando de posicionar a candidatos con el único objetivo de retener el poder y las prebendas que tanto los ha favorecido.
Ahora bien, reconocer que la política es necesaria e imprescindible para canalizar las ideas de beneficio colectivo, pero si no se practica como un servicio público, de manera transparente, con respeto al contrincante, se convierte en el juego de unas maquinarias que solo busca perpetuarse en los escaños legislativos y rama ejecutiva.
Se está a tiempo de recuperar esa confianza perdida restaurando la dignidad del ejercicio político, devolviéndole su naturaleza al servicio del bien público, con candidatos limpios en su pasado, con amplias trayectorias, con programas claros, leales a ese proyecto, como al partido que los promocionó y avaló.
Se dirá que es utópico lo que se plantea por lo visto en el inicio de la presente campaña, donde la gran parte de la corrupción que carcome la estructura estatal se anida en dirigentes de la política tradicional, como en voceros oficiales, con laxas investigaciones por parte de los organismos competentes, con nulos resultados en las mismas.
Que sea el momento de dejar de lado los vicios y las mañas de la desgastada política, que tanto daño le ha hecho a la democracia o a la poca que nos queda, salvarla debe ser el propósito en los próximos certámenes electorales.

ADENDA. Una aridez total, con algunas excepciones por parte de la cadena de aspirantes a la presidencia de la República, unos con las condiciones para aspirar al cargo, otros con ambiciones sin horizonte alguno.
El tema de la seguridad ciudadana tanto urbana como rural debe ser analizado como prioritario, sin desconocer que la paz y la corrupción hacen parte de las preocupaciones ciudadanas, de allí que quisiéramos escuchar o leer en sus programas de gobierno que se propone en estos campos, a sabiendas que ilusorio seria pensar erradicar totalmente la violencia, por cuanto el delito, la contravención, el dolo, la mala fe, siempre estarán presentes en las actuaciones del ser humano, como fenómenos ligados la existencia de la sociedad.
ADENDA DOS. Menos agresividad, locuacidad o cháchara en debates insulsos, cuando los grandes problemas de la nación se dejan de abordar, ¿qué no decir de la economía, la hacienda pública? si el manejo actual ha sido el correcto, el abandono de la salud, los recortes presupuestales para la educación pública superior, los altibajos en materia de justicia, sin ideas claras sobre su urgente reforma estructural, como lamentablemente cero alusión a la ciencia e investigación en un país que busca afanosamente su desarrollo.
Que esos aspirantes entiendan que no solo basta el deseo de competir que les da figuración pública, pero demostrando conocimientos sobre los asuntos de estado.
ADENDA TRES. Así imposible rescatar la confianza en el sistema judicial en cuanto a la forma de acceder a esas altas dignidades.
Se ha integrado la terna para proveer una plaza en la Corte Constitucional, con la inclusión del ex defensor del pueblo quién hizo su campaña entregando puestos a familiares de varios magistrados de la Suprema, sus nominadores, a quienes los cobijó la solidaridad de cuerpo al no aceptarles los impedimentos para intervenir en la votación. Se gestó a la luz pública una actuación indecorosa, bien llamada por el profesor Luis Carlos Pérez, las inmoralidades no punibles.
Periodismo de espectáculo, o periodismo de altura social, no tiene justificación alguna el despliegue a una desaguisada actuación, irreverente y grotesca de un sub judice ex alcalde en la reciente asamblea nacional de la ANDI.
Por: J. Ferney Paz Q – Exmagistrado
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