¡Silencio, niños!

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Cuando escuché la expresión ¡Silencio, niños!, al pasar por un Centro de Desarrollo Infantil de Envigado, además de pensar en la tarea exigente de la profesora para establecer orden frente a la algarabía de los niños, no sé por qué se vino a mi mente la escena de las sesiones del Congreso de la República de Colombia. En el salón elíptico el espectáculo es similar, con la diferencia de que los honorables representantes y senadores son personas adultas, responsables de la función legislativa delegada por el pueblo, ganan salarios elevados y están obligados a utilizar el tiempo de manera responsable y juiciosa.

Una sesión plenaria en el Congreso de la República exhibe tal desorden y confusión que difícilmente se abordan los temas de interés nacional con la debida compostura. La tienen difícil las directivas de estas corporaciones para llamar al orden porque hasta ellos mismos generan caos conversando con quién está al lado. Se entiende que su labor es parlamentar pero no en semejante desorden.

Cómo puede funcionar una democracia en un recinto donde la gente se mueve sin rumbo, comen con la alegría de quién no tiene que pagar la cuenta, pasan de una curul a la otra, escriben en el celular, se cuentan chistes entre ellos, miran el reloj desesperados por salir y hasta duermen. El país espera que el Congreso funcione en orden y no en medio de esa mezcolanza de actividades.

Una democracia se construye a partir de guardar silencio para escuchar con atención al otro y analizar sus propuestas, y porque es lo menos que una persona puede hacer si quiere que los demás también atiendan sus planteamientos. El orador puede representar una corriente política diferente, pero por educación hay que escucharlo. Es actuar con respeto por las opiniones ajenas, incluso llegar a considerar qué aspectos positivos hay en su disertación aunque no tengan la misma visión política. Así se fortalece la democracia, pensando en el bien del país y no en los intereses personales del político o las conveniencias del partido.

La mayoría de los congresistas habla más de la cuenta, los veinte minutos de su intervención se convierten en media hora, los tres minutos de la interpelación se extienden a siete o diez porque ellos son incapaces de guardar silencio.

Es difícil exigir silencio a la Corporación de un país como Colombia donde hablamos tanto y el que no habla es tildado de tímido o retraído. Pero el Congreso de la República debe dar ejemplo de buen comportamiento, de mesura, de buen uso del tiempo, y de un diálogo constructivo.

El Congreso es una institución indispensable para la democracia. Preferible el Congreso al poder dictatorial, preferible la deliberación a la imposición, pero con orden en el recinto, cada uno en sus puestos, escuchando con respeto, ejerciendo el control de la administración. Esa sería la actitud correcta para que esa Corporación recupere su credibilidad y dé ejemplo al pueblo que lo eligió.

Así como están funcionando se parecen más al Centro de Desarrollo Infantil de mi municipio, con la diferencia de que mientras en los niños es explicable el bullicio, en los congresistas es un síntoma de inestabilidad emocional, un complejo de grandiosidad o un trastorno de hiperactividad. Si al menos se pusiera disciplina, la imagen podría variar hacia una institución eficiente, seria y responsable. Que no haya que decir entonces: ¡Silencio, niños… parlamentarios!

Por: Raúl Vélez A.

Raúl Vélez Arredondo es sociólogo. Nació en Andes, Antioquia en 1955. Reside en el municipio de Envigado. Trabajó en los Ministerios de Agricultura y Comunicaciones. Su interés principal ha sido construir un relato literario con personajes ubicados en el contexto político y social colombiano.

Dirección de contacto: ravelez77@gmail.com

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