Casi todos los días tengo que salir a hacer diligencias de banco, salud o mercado y, en el recorrido, paso por mi escuela Fernando González de Envigado donde estudié primaria hace 60 años. La profesora Margarita me enseñó en el 2⁰ pero era una señora muy brava y no me gustaba. En 3⁰ me correspondió con don Emilio, un hombre bueno e inteligente.
Pero mi primaria la completé en el Liceo Francisco Restrepo Molina de este municipio. En 4⁰ de primaria me correspondió con don Domingo, una persona bondadosa que, por jóvenes, no supimos aprovechar pues nos parecía demasiado viejo para que pudiéramos aprender algo de él. La sobradez de la juventud. En 5⁰ mi profesor fue don Enrique, un hombre duro pero bueno y formativo.
Todo este recuento educativo para decir que estas personas, aparte de mis padres, me dieron la carta de navegación para defenderme en la vida y relacionarme con otros. Una carta básica inspirada en principios cristianos de buen comportamiento, sin pecados mortales (pero que si se cometen hay la opción de arrepentirse y seguir adelante), de buenas maneras, con modales de cortesía y respeto, con espíritu de investigación, un sistema de austeridad, orden, respeto por las autoridades y las normas.
Entonces era tan fuerte el espíritu de formación en la escuela como en la casa, se complementaban y no había contradicción entre uno y otro. Allí aprendí la carta de navegación y supongo que todas las personas de mi edad estuvieron moldeadas por la correa de la casa y la regla de la escuela, que no se sabía cuál pegaba más duro.
Y uno empieza a vivir dentro del marco de lo aprendido porque confía en que lo enseñado era el sistema correcto de formación. Y funcionó muy bien entonces mientras me relacionaba con gente de mi edad o con quienes nos instruían. Después la vida va cambiando y llegan nuevas épocas, nuevos pensamientos, y lo que uno intentaba exhibir como un certificado de buena formación se volvió obsoleto y perdió su validez. Estás diferencias son más notorias en la medida en que el tiempo en que aprendí estás normas está más distante.
Hoy la gente se relaciona muy distinto, piensan muy raro, de esos valores o pautas que aprendí ya no distingo nada. Por eso le digo que estoy sin carta de navegación porque la que me dieron en la niñez ya caducó, tiene certificado de defunción y como buen muerto no es tenido en cuenta para nada.
Sospecho que en el tiempo que me resta se va a ampliar más aún la diferencia entre la manera cómo vivirán los nuevos jóvenes y la carta de navegación anticuada de mi vida. Voy a ver cómo me acomodo en este corto tiempo que me queda.
Por: Raúl Vélez A.

Raúl Vélez Arredondo es sociólogo. Nació en Andes, Antioquia en 1955. Reside en el municipio de Envigado. Trabajó en los Ministerios de Agricultura y Comunicaciones. Su interés principal ha sido construir un relato literario con personajes ubicados en el contexto político y social colombiano.
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