El zumbido de la mosca

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Se escuchó el himno nacional y el maestro de ceremonias anunció las palabras del presidente. El orador se levantó de su silla y se acercó al atril con paso  ceremonioso. 

“Los mejores juicios acerca de la gestión de cualquier gobierno”, así inició su discurso, en tono pausado y sin necesidad de ayudas escritas, “se hacen luego de que termina su período, cuando ha transcurrido algún tiempo; sólo en ese momento, el impacto de las decisiones gubernamentales se podrá apreciar con objetividad y sin prejuicios. La historia reconocerá entonces, en su verdadera dimensión, las bondades de mi  gobierno”, todos los participantes se pusieron de pie mientras hacían un largo y sonoro aplauso. 

“Pero eso no obsta para que el país comience, desde ahora, a examinar los resultados obtenidos. Los críticos han tratado de subestimar todas las medidas tomadas en materia económica, política y social, pero quienes ahora censuran no recuerdan que, cuando entregaron el gobierno, el país estaba sumido en una de las peores crisis de su historia”, otra ovación se escuchó en el salón, esta vez con más fuerza que la anterior. 

La algarabía y la emoción colectiva no le permitieron al orador detectar la incomodidad causada por una mosca grande, dando vueltas alrededor de su cabello engominado, y siguió su discurso, ahora sí con más vehemencia.

“Gracias a la gestión del gobierno, los índices de desempleo de la población han disminuido, se respetó la opinión de los ciudadanos, se crearon nuevos centros educativos, se redujeron las enfermedades, se entregaron subsidios de vivienda pero lo más importante”, aquí subió el tono de voz, “el presidente ha sido un denodado defensor de las causas de las personas más po…po…bres”. 

La última palabra, “po…po…bres”, ya no se escuchó con la misma elocuencia, fue como un sonido de cuerdas destempladas a la brava. No era problema del micrófono, la culpa la tenía su laringe que fue incapaz de seguir el flujo claro de las palabras. La mosca, que había comenzado a zumbar alrededor de la cabeza del presidente, cuando éste hizo un movimiento brusco para pronunciar con énfasis la palabra “pobres”, se metió en su boca con la velocidad de un misil.  

El presidente cerró de repente su boca, mientras el insecto zumbaba en el espacio reducido que permitía su húmedo paladar. No supo qué hacer con la maldita mosca dentro de su boca, aunque era un dirigente habituado, desde joven, cuando comenzó a ocupar posiciones importantes, a sortear toda clase de dificultades en sus intervenciones públicas. Sin embargo, ahora estaba acorralado en su capacidad discursiva por una repugnante mosca. 

El presidente enrojeció de la vergüenza y enmudeció por la sorpresa. El silencio, recomendado como estrategia en la oratoria para invitar a la reflexión y como un mecanismo útil para persuadir, se convirtió en un arma mortal para la credibilidad del discurso. El silencio del presidente y su rubor, en el momento en que trataba de defender la gestión a favor de los más pobres del país fue interpretado como un signo de inseguridad e incredulidad del orador con respecto al mensaje emitido. 

Todos los asistentes se miraban entre sí. Las cámaras del canal oficial de televisión enfocaron en plano general la imagen del recinto y desde la parte posterior, para evitar identificar los rostros de asombro de la concurrencia. 

La situación imprevista que se formó y el zumbido de la mosca taladrando la cabeza del presidente, lo enfureció contra el insecto. “¡Maldito díptero!”, pensó. Como era incapaz, por la repugnancia que sentía, de despachurrar la mosca con los dientes, hizo saliva suficiente y trató de impulsarla hacia la garganta para tragarla. Pero las glándulas salivares no le respondieron con el suficiente líquido, como sí ocurría en los mejores restaurantes de comida francesa e italiana que frecuentaba en sus viajes al exterior, a expensas de las arcas públicas. 

La mosca se devolvió con más fuerza, y comenzó a dar vueltas alrededor de la lengua como en una montaña rusa. Por un momento, el presidente abrió un poco la boca para permitir la salida de la mosca, pero esta se aferró aún más, con sus desagradables patas, al paladar presidencial. No  podía abrirla más porque ese gesto habría sido interpretado peor. Entonces, en un arranque de rabia, tomó el vaso de agua y sorbió tres veces. Sólo así pudo formar un torrente que empujó la mosca como por un tobogán hacia el esófago, y luego hasta el estómago, donde dio el último zumbido. Allí los jugos gástricos la destruyeron. 

“¿Quién sabe en cuáles heces se originaría esta hijueputa mosca?”, pensó con asco el presidente. Solucionado el inconveniente, trató de recobrar el hilo del discurso, pero la atención del auditorio estaba tan dispersa que no pudo, ni con sus mejores tácticas oratorias, recuperar su credibilidad. Sólo el presidente sabía que una maldita mosca había echado a perder la efectividad de su intervención aunque para el auditorio, y para el país entero que estaba viendo la transmisión del homenaje por televisión, quedaba la imagen de que ni siquiera el presidente estaba convencido de la buena gestión del gobierno.

Raúl Vélez A.

Raúl Vélez Arredondo es sociólogo. Nació en Andes, Antioquia en 1955. Reside en el municipio de Envigado. Trabajó en los Ministerios de Agricultura y Comunicaciones. Su interés principal ha sido construir un relato literario con personajes ubicados en el contexto político y social colombiano. 

Dirección de contacto: ravelez77@gmail.com

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