Los encantos de Envigado

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Llegamos a Envigado a comienzos de la década de los sesenta huyendo de la violencia en otro pueblo antioqueño. La tranquilidad que encontramos en el nuevo municipio fue un alivio para la angustia que traíamos por la persecución política de aquellos tiempos. Aquí volvimos a vivir en paz y se puede decir que encontramos los medios para terminar de criarnos. Eso es algo que uno aprecia y que, a mi juicio, define muy bien la calidad de vida de un municipio.

El mismo día en que llegamos a Envigado conocí el televisor. Descubrí emocionado por la ventana de una casa vecina las maravillas de este invento. En mi pueblo no había de esos aparatos y ni siquiera sabíamos que existían. Estaban transmitiendo el funeral del Presidente John F. Kennedy de los Estados Unidos, asesinado el día anterior mientras mis padres organizaban el trasteo para salir  del pueblo evitando quizás un destino similar al del difunto televisado.

Creo que en ninguna parte de la Tierra se ve la Luna tan de cerca y con tanto esplendor como en Envigado. Siempre deseé ver con mi sencillo telescopio algún movimiento extraño en ese astro. Esta proximidad romántica con nuestro satélite nunca se me acabó ni con la llegada de los astronautas a bordo del Apolo 11 que ya pude presenciar sentado en la sala de mi casa frente al televisor General Electric. Desde niño siempre me fascinó está cercanía con la Luna y esta belleza como una contemplación mística que aún disfruto en las noches despejadas de este lindo municipio.

Así mismo, puedo asegurar que en Envigado el cielo es más azul que en ningún otro sitio del planeta, como si no le hubiera hecho mella el cambio climático. Aunque no descarto, para ser sincero, que la bóveda celeste que veo pueda ser la de mis recuerdos de infancia en los días en que esa época tenía algo de felicidad. La vida es una acumulación de imágenes donde las más recientes opacan las primeras, pero la visión de la niñez se mantiene siempre.

Tiene que haber algo que identifique esa armonía entre el entorno y la mente donde no hay rechazo ni aburrimiento. Ese algo es una sensación de plenitud al recorrer las calles, ver la gente, respirar este aire, dormir en esta tierra. Saber que este municipio está ligado a las alegrías y sufrimientos, que ya no hay que temer porque los fantasmas de mi niñez los sepultó para siempre el progreso y otro modo menos temeroso de ver la vida.

Lo más probable es que mis últimos años los viva en Envigado, con la misma Luna y el mismo cielo, y con la misma gente. Respirando ese mismo aire que no solo da vida sino que, de algún modo, alegra el alma.

Por: Raúl Vélez A.

Raúl Vélez Arredondo es sociólogo. Nació en Andes, Antioquia en 1955. Reside en el municipio de Envigado. Trabajó en los Ministerios de Agricultura y Comunicaciones. Su interés principal ha sido construir un relato literario con personajes ubicados en el contexto político y social colombiano.

Dirección de contacto: ravelez77@gmail.com

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