Por: Raúl Vélez A.
Era domingo y el pueblo parecía presa de un terremoto. La gente corría hacia las afueras con una urgencia que hacía pensar que el mismo diablo les pisaba los talones. En cuestión de segundos, la plaza principal quedó desierta; los tenderos abandonaron sus toldos, dejando mercancías a medio vender y la llama de las parrillas consumiéndose en el aire vacío, todo por seguir la corriente de gente que huía hacia el mismo punto.
Todos se aglomeraron en un terreno descampado, frente a la boca de un socavón, formando un círculo tenso alrededor de dos cadáveres desnudos. Sus cuerpos, marcados por la brutalidad de las piedras y cubiertos por una fina capa de polvo, yacían expuestos bajo el sol inclemente. La policía no tardó en cubrir los restos con sábanas blancas, mientras un inspector comenzaba a tomar nota de la escena.
—Eh, ¿quihubo pues, hombre? ¿Por qué tanto alboroto? —preguntó un recién llegado, deteniéndose en seco.
—Cómo le parece —respondió un campesino con tono de reproche— que esta parejita estaba jugando sucio en el socavón y vea lo que les ocurrió.
—¡No fregués!
—Sí, es la verdad. Y eran gente del pueblo, ¿sabe? Ella tenía su matrimonio y él también estaba casado. Nadie sospechaba nada y resultó que eran amantes.
—¡Ave María! Dejen de quitarle la honra así a la gente.
—Pero qué hacemos, hombre, si es cierto. Por eso todo el mundo vino a mirar este asunto. ¿Vos creés que qué? Como en el pueblo les quedaba muy difícil tener sus amoríos, parece que habían decidido encontrarse en esa cueva. No tuvieron en cuenta, tal vez cegados por las ganas, el letrero de advertencia sobre el riesgo de derrumbe. Parece que venían por aquí con cierta frecuencia; en este sitio no los hubiera pillado nadie si no es por este accidente.
»Hoy domingo, mientras la mayoría estaba en misa o comprando el mercado, aprovecharon la soledad de este paraje. Seguro, mientras hacían sus cochinadas allá dentro, los movimientos fueron tan bruscos —o tal vez los gemidos tan fuertes— que el socavón no aguantó la vibración y comenzó a ceder. Por nada se salvan, pero el derrumbe fue tan berraco que, casi a la salida de la cueva, sus cuerpos quedaron aprisionados por las rocas.
»Dio la casualidad que ese campesino, el que está hablando con el inspector, pasaba por aquí para llevar los terneros a otro potrero cuando vio que uno de los animales se encaprichó en la boca del socavón y no quería moverse. Al acercarse a recogerlo, vio parte de los cuerpos y corrió a dar aviso a la policía, que finalmente logró sacarlos de allí.
Al enterarse de lo ocurrido, el cura llegó al lugar con paso firme. Tras cruzar un par de palabras con las autoridades, observó a la multitud con rostro iracundo y rugió:
—¡Esto es un castigo del cielo! Necesito que todos se vayan ahora mismo para la iglesia. Ustedes se deben confesar porque han sido testigos de un pecado y están manchados por él. A este pueblo lo ronda el demonio y tenemos que desterrarlo para que no sigan ocurriendo estas tragedias.
De inmediato, el padre solicitó el refuerzo de otros dos sacerdotes de las veredas cercanas. Así constituyó un grupo de confesores que, apostados en cada rincón del templo, atendió las filas de personas que se extendían hasta el atrio.
Ya desde el púlpito, el párroco conjuró los espíritus malignos, machacando una y otra vez sobre los peligros del pecado y el fuego eterno. Más tarde también se dedicó a confesar, pero como la gente le tenía pavor por su severidad, fueron muy pocos los que se atrevieron a hacer fila frente a su confesionario.
La muerte de los amantes fue el incidente que mejor aprovechó el cura para doblegar a sus fieles. Mucho tiempo después, el pueblo seguía haciendo filas interminables para la confesión, tratando de prevenir los pecados, en particular el de la infidelidad. Algunos de los que andaban en esos trotes disminuyeron sus encuentros por temor a la ira divina, pero, a medida que el tiempo borraba el arrepentimiento y la pasión volvía a imponerse, no tardaron en regresar a sus viejos amoríos.

