Por: César Mesa C.
En la complejidad del tejido social contemporáneo, nos encontramos ante un fenómeno que trasciende la simple discrepancia política o la gestión ineficiente: nos enfrentamos a una estrategia deliberada de erosión psicológica. Cuando un gobierno —cuya naturaleza se aleja de la administración pública para convertirse en un ente populista, mitómano y cleptómano— asume el control del discurso, el daño infligido a la población no se mide únicamente en indicadores económicos o en la precariedad de los servicios básicos, sino en la fractura del equilibrio mental de sus ciudadanos.
La arquitectura del engaño como herramienta de control
El populismo, en su vertiente más patológica, no busca la solución de problemas, sino la construcción de una realidad paralela. La mitomanía, elevada a política de Estado, funciona como un mecanismo de gaslighting a nivel macroscópico. Al negar constantemente la evidencia empírica, alterar la historia reciente o inventar conspiraciones externas, el desgobierno de turno fuerza a la población a vivir en un estado de disonancia cognitiva permanente.
Para el ciudadano común, la cotidianeidad se convierte en un ejercicio agotador de verificación. Cuando las instituciones oficiales, que deberían ser fuentes de certezas, se transforman en generadores de falsedades, la sociedad pierde su brújula ética y cognitiva. Este es el primer escalón del daño mental: la incertidumbre paralizante. El cerebro humano, diseñado para buscar patrones y verdades que le permitan navegar el entorno, entra en un estado de alerta constante y fatiga ante la imposibilidad de distinguir qué es real y qué es propaganda.
La cleptocracia y el trauma del despojo
Si la mitomanía fractura la percepción de la realidad, la cleptocracia —la corrupción sistemática como método de gestión— golpea directamente la dignidad y la capacidad de resiliencia de la población. La percepción de que el patrimonio colectivo está siendo succionado por una élite que, simultáneamente, niega dicho despojo a través de la mentira, genera un sentimiento profundo de indefensión aprendida.
La población, atrapada en este círculo, experimenta una mezcla tóxica de indignación e impotencia. Al observar cómo se dilapidan los recursos que sostienen su salud, su seguridad y su futuro, mientras se les bombardea con relatos de «éxitos» ficticios, el individuo comienza a cuestionar su propia capacidad de juicio. ¿Soy yo quien está loco, o es la realidad la que ha perdido el sentido? Esta pregunta, que surge en la intimidad de los hogares, es la semilla de una depresión social generalizada.
Consecuencias: del estrés crónico a la fractura social
El impacto de este entorno en la salud mental pública es devastador. Observamos un incremento notable en cuadros de ansiedad generalizada y trastornos del sueño vinculados a la desinformación constante. Más preocupante aún es la fragmentación del tejido social; la mitomanía oficial fomenta la polarización, obligando a los ciudadanos a elegir bandos entre la realidad compartida o la narrativa del líder.
Esto destruye el valor de la confianza. Cuando no podemos confiar en las instituciones, en la prensa o, eventualmente, en nuestros vecinos, nos aislamos. El aislamiento es el terreno fértil para el autoritarismo, pues un pueblo fragmentado, temeroso y mentalmente exhausto tiene mucha menos energía para exigir rendición de cuentas. El desgobierno populista no necesita, necesariamente, armas para someter; le basta con mantener a su población en un estado de confusión perpetua donde la verdad se vuelve irrelevante.
Hacia una recuperación del juicio crítico
La salida de este laberinto no es sencilla, pero comienza en la esfera privada de nuestros hogares. La resistencia al daño mental provocado por un desgobierno que se nutre de la mentira comienza con la autodefensa intelectual. Debemos fomentar, en nuestras familias y comunidades, el pensamiento crítico como un acto de higiene mental.
Reconocer la estrategia de manipulación es el primer paso para desactivarla. Cuando entendemos que la mentira no es un error, sino una herramienta; y que la cleptomanía no es una negligencia, sino un objetivo, dejamos de ser víctimas pasivas de la disonancia cognitiva. La verdad, aunque sea dolorosa, es siempre más reparadora que la mentira más confortable.
La salud mental de nuestra nación depende de nuestra capacidad para proteger el valor de la realidad compartida. No permitamos que el desgobierno de turno se apodere también de nuestro sentido común. La lucha por la honestidad en el discurso público no es solo una batalla política; es una necesidad imperativa para preservar nuestra cordura y el futuro de nuestra convivencia.
