¿Cizaña o trigo? La decisión silenciosa que define el servicio público.

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Por: César Mesa C.

El servicio público no es simplemente un empleo ni una fuente de ingresos. Es, ante todo, un compromiso con la sociedad y una responsabilidad ética con quienes depositan su confianza en las instituciones del Estado. Cada servidor, empleado o contratista público tiene la oportunidad de contribuir al fortalecimiento de esa confianza o, por el contrario, de debilitarla con sus acciones.

La antigua imagen de la cizaña y el trigo sigue teniendo plena vigencia. La cizaña representa las actitudes

Hay decisiones que no ocupan titulares ni generan aplausos. Se toman en silencio, todos los días, frente a un escritorio, en una ventanilla de atención, en una oficina o en el lugar donde un servidor público cumple su misión. Son decisiones aparentemente pequeñas, pero capaces de fortalecer o debilitar la confianza de toda una sociedad.

El servicio público no se limita al cumplimiento de un horario ni a la ejecución de procedimientos administrativos. Es, ante todo, un compromiso moral con el bien común. Quien administra recursos públicos, atiende a un ciudadano o participa en una decisión institucional tiene en sus manos algo más valioso que un cargo: la confianza de la comunidad.

En ese escenario surge una pregunta tan antigua como vigente: ¿estamos sembrando cizaña o estamos cultivando trigo?

La cizaña no siempre se manifiesta en grandes escándalos de corrupción. También aparece en la indiferencia frente a las necesidades del ciudadano, en la burocracia innecesaria, en el abuso de la autoridad, en el favoritismo, en la negligencia o en la resignación que lleva a justificar lo incorrecto con la frase: «aquí siempre ha sido así». Son conductas que, poco a poco, erosionan la credibilidad de las instituciones y profundizan la distancia entre el Estado y la ciudadanía.

El trigo, por el contrario, representa la integridad silenciosa. Es el servidor que cumple su deber con responsabilidad, que entiende que detrás de cada trámite hay una persona esperando una respuesta, que protege los recursos públicos con el mismo cuidado con que administraría los propios y que actúa con honestidad incluso cuando nadie observa.

Hoy las instituciones enfrentan uno de sus mayores desafíos: recuperar y fortalecer la confianza ciudadana. Esa tarea no depende únicamente de reformas legales, nuevos sistemas de control o discursos sobre transparencia. Comienza en la conducta cotidiana de quienes hacen posible el funcionamiento del Estado.

La verdadera transformación institucional nace cuando la ética deja de ser un discurso y se convierte en una práctica diaria. Cuando el respeto, la transparencia, la eficiencia y la vocación de servicio dejan de ser consignas para convertirse en hábitos.

Cada servidor público escribe su legado con sus decisiones. No será recordado por el tamaño de su oficina ni por el cargo que ocupó, sino por la calidad humana con la que sirvió y por la confianza que ayudó a construir.

Al final, todos dejamos una siembra. Unos esparcen desconfianza, división e indiferencia; otros cultivan esperanza, respeto e integridad.

La historia de nuestras instituciones también se escribe con esas decisiones silenciosas.

La pregunta permanece abierta y merece ser respondida cada mañana, antes de iniciar la jornada:

¿Hoy seré cizaña o seré trigo?

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